NUESTRA SEMANA SANTA
En la eterna sucesión cíclica de las estaciones, con la primera luna llena de la primavera, nos llega la Semana Santa.
En la Alta Edad Media eran comunes las representaciones de la Pasión de Cristo que tenían lugar en el interior o en los atrios de las iglesias y que estaban imbuidas de un dramatismo religioso originado por una visión mítica de la vida de Jesús.
Los momentos más dramáticos eran los que más acercaban a aquellas gentes sencillas y analfabetas a la humanidad del Salvador.
El “desenclavo” de la imagen articulada de Cristo precedía a su traslado a hombros hasta otra iglesia o ermita cercana: era el “Santo Entierro”.
La profunda vivencia religiosa de las gentes daba lugar a manifestaciones de religiosidad popular que sobrepasaban el espacio sagrado del templo, invadiendo la calle, convertida durante unas horas en improvisado escenario, casi teatral, donde se revivía el drama del Gólgota.
La teatralidad del Barroco, entendida en su más noble faceta, asentó las bases de la Semana Santa que conocemos hoy y nuestros mejores imagineros se esforzaron por dejarnos esos “pasos” que quieren ser momentos detenidos de aquel primer Vía Crucis de la historia.
Desde la Junta de Cofradías no buscamos ni el espectáculo ni la teatralidad, sino mantener y reavivar ese hondo sentido de fe, que ha caracterizado a nuestras gentes, en unas manifestaciones populares donde se aúnan arte y plasticidad, devoción y fervor, sufrimiento y resignación, silencio y estruendo, muerte y resurrección…
La lucha, eterna lucha, entre la muerte y la vida se vuelve a escenificar. Tras una breve, aparente, victoria de la primera, la mañana del Domingo de Pascua explosiona jubilosa de nuevo la VIDA para todo hombre que se deje interpelar por la visión del sepulcro vacío. |