Pregón inaugural de la Semana Santa 2026
Óscar García Aguado ofrece el Pregón de una Semana Santa marcada por “la comunión de fe, tradición, cultura y encuentro”
Presentación
ILmo. Sr. D. Óscar García Aguado
PREGONERO 2026
21 de marzo de 2026
Excelentísimo Señor Obispo, ilustres miembros del Cabildo Ca- tedral, autoridades civiles y militares, Presidente de la Junta de Cofradías y miembros de su directiva, juntas de gobierno de las cofradías, hermandades y feligresías, cofrades, queridos familiares,
hermanas y hermanos de Segovia.
“Patria” es una palabra preciosa que significa “tierra del padre” o “casa del padre”. Por eso, puedo decir con orgullo que “Segovia es mi patria”, pues soy hijo de segoviano. Y lo digo bien alto cuando alguien en Madrid me confía esta identidad. Siempre me lo expresan con una particular admiración: “Padre Oscar, ¡yo soy de Segovia!”. Y curiosamente lo dicen con la misma melodía de satisfacción profunda, alta dignidad y recuerdo imborrable. Entonces intento responder con la misma energía, no puedo rebajar la ilusión y les digo: “¡Pues mi padre también es de Segovia! ¡En concreto de Cabezuela!”. En ese instante ocurre el milagro: los que nos hablamos, dejamos de sentirnos extraños y ajenos para descubrirnos como cercanos y propios. Es bonito hacerse cómplice del amor a esta tierra, porque cuando compartimos lo que amamos siempre brota la alegría.
En Madrid tengo la misión de llevar el cuidado y la cercanía del Obispo a más de 60 parroquias del sur de la capital y a casi 700.000 almas. Podemos imaginar entonces cuántos miles de segovianos habitan por toda la geografía española pero también especialmente en Madrid. No me es difícil encontrar en cada comunidad que visito varios hijos de esta tierra y compartir siempre el mismo gozo. Por esta razón, antes de nada, quisiera traer a esta Santa Catedral, el amor y el recuerdo entrañable de esos miles de segovia- nos que salieron de esta provincia para alcanzar aquellos sueños de un trabajo digno, un futuro mejor o el calor de una familia.
Como veis, me dirijo a todos con el corazón “al descubierto”, repleto de sentimientos y emociones comunes. No quiero perder el protocolo y soy consciente de las altas autoridades que tengo ante mí. Sin embargo, desearía tener la venía de poder dirigir mis palabras a vuestro corazón, pero desde la sencillez de un hermano. Somos familia, porque somos hijos de Dios, por eso me atrevo a contar con vuestra confianza si os comparto alguna confidencia.
De primeras, he de confesaros que no he tenido la dicha de vivir la emoción de la Semana Santa en esta ciudad. Las dificultades familiares y laborales cuando era más joven, y la implicación en la pastoral de mis anteriores parroquias, así me lo han impedido. No me han faltado las ganas, pues siempre es un alivio distanciarse del trajín de Madrid. De hecho, es una auténtica inversión de salud. Seguro que este testimonio también os lo ha dado vuestro Obispo D. Jesús, en primera persona.
Haber sido llamado para anunciaros este pregón que abre la celebración de la Semana Santa, es una gracia inmerecida. Ciertamente, queridos cofrades, nunca lo hubiera imaginado. Estoy muy agradecido a la Junta de Cofradías por haber pensado en mí y haberme hecho el honor de esta invitación. Como ya he contado en algún medio de comunicación, uno se siente simultáneamente abrumado y bendecido. Las semanas han ido transcurriendo muy rápido y no veía la ocasión de ponerme frente al ordenador.
Durante esos días, iba rumiando en el pensamiento todo lo que había podido encontrar de estas solemnidades: testimonios, folletos, videos, los pregones de los últimos años,… Pareciera una mera investigación sobre el asunto, pero pronto se transformaría en un descubrimiento maravilloso. En cada imagen contemplada y en cada testimonio, sin darme cuenta, iba recorriendo los pasos de un especial itinerario interior. De algún modo, casi misterioso, estaba retornando a las raíces de mi linaje y de mi fe. Quizás este descubrimiento es realmente el primer fruto de cada Semana de Pasión. Participar en estas fiestas sagradas es caminar hacia nuestras raíces más profundas, no sólo culturales y folclóricas, sino sobre todo espirituales. La Semana Santa segoviana es una experiencia poliédrica, una realidad de múltiples caras con un significado particular. Estoy seguro que cada uno de vosotros podría expresarlo con una palabra distinta. Y todas esas palabras conformarían un único “magníficat”, un hermoso canto de alabanza por las grandezas del amor de Dios entre nosotros. Ahora, me uno a vuestro cántico, para sencillamente ofreceros tres palabras: retorno, silencio y unidad.
Retorno
Es sabido que muchos segovianos aprovechan la Semana Santa para regresar a sus pueblos y reencontrarse con sus orígenes. Los que residen en diversos puntos de la península también vuelven a estos campos castellanos para compartir familia y celebración. Ese retorno parece estar guiado por una voz íntima que dice: “¡venid, volved!”. ¿Pero es solo una llamada al reencuentro familiar o al gozo del paisaje? ¿Es la voz del descanso merecido o del disfrute de los amigos? Cuando los miles de devotos salen a la calles en el barrio de San José o del Cristo del Mercado, de Santa Eulalia o en San Lorenzo, en el casco histórico o en Nueva Segovia…, desvelan a todos que Cristo y su santísima Madre son quienes no están convocando a la grandeza de su amor. Entonces todos los fieles dicen:“ ¡Aquí estoy Señor! ¡Aquí me tienes, madre!” No hay mejor respuesta para la Semana Santa y no hay mejor actitud para vivir la vida.
Vivir también es retornar. Es el significado más propio del bino- mio exitus-reditus de Santo Tomás de Aquino. Todo ha salido de Dios, porque todo proviene de Él. Lo que en Dios tiene su origen también en Dios debe encontrar su fin: la existencia es un camino de regreso a Dios(1).
La Semana Santa reclama este retorno. Y san Agustín lo profetizaba en sus Confesiones:
“Nos hiciste Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto has- ta que descanse en ti” (Confesiones I, 1).
He aquí la enigmática verdad: “cuando volvemos al camino de la fe nuestro corazón se llena de paz”. Se cumple así la promesa de Jesús:
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11, 28-29). Quien quiera descansar estos días, no ha de quedarse ocioso, ni distraerse con pequeños goces. Quien quiera descansar que se prepare para volver a Dios. Entonces la fe se prepara, se engalana y resplandece en cada gesto: en la solemnidad de los oficios y en la majestuosidad de las procesiones, en la vistosidad de las túnicas y en la melancolía de las marchas. Las cornetas y los tambores vociferan con fuerza: “¡Venid a Cristo! ¡Aprended aquí lo que ninguna academia puede enseñar!”.
En la Biblia la palabra hebrea “volver” es sinónimo de “conversión”. Es una palabra potente, estremecedora. Es muy difícil de traducirla porque está cargada con toda la Historia del Pueblo de Israel. Es la misma palabra que proclamó el Señor cuando iniciaba su misión por Galilea:
“Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (cf. Mc 1, 15).
“Convertíos” pues, significa esto mismo: “regresad, volved, re- tornad”. La palabra en hebreo suena así: teshuvá (2). No es simplemente el gesto de darse la vuelta o girar sobre los propios pasos. Dice mucho más. Volver, es decidirse a salir de la esclavitud para encontrar la fuerza de la libertad. Retornar, es arriesgarse a cruzar el largo camino del desierto para volver a ser puros (cf. Num 14, 33-34). Regresar, es la valentía de tomar la senda correcta para no perderse. Teshuvá, es la humildad del hijo pródigo pidiendo per- dón a su Padre para vestirse de nuevo de honor y dignidad.
Sí, hermanos y hermanas, en esta Semana Santa, es Cristo mis- mo el que pasa y nos grita “convertíos”. Él viene con la Cruz a Cuestas o Flagelado, como Cautivo o como Cristo del Mercado, como Cristo de los Gascones o Cristo Yacente. Allí, en cada vene- rada imagen, Jesús grita a los segovianos: “¡despierta hijo mío y vuelve!”. Es la hora de dejar atrás esos ídolos en los que has pues- to el corazón. Te lo han prometido todo y te han dejado vacío. Es la hora de dejar de beber del veneno de la sospecha y el resentimiento, para saciarse en la fuerte del perdón y de la entrega. Es la hora de alejarse del egoísmo como maestro, porque solo enseña tristeza y soledad(3).
Es la hora dichosa en que Segovia vuelve a su gran espirituali- dad, marcada por el paso de grandes místicos como santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz. Es la hora en que Segovia vuelva a ser cuna de incontables misioneros que sigan llevando la Palabra de Dios a las latitudes más recónditas de la tierra. Segovia siempre ha sido casa de santidad y campo fértil de vocaciones cristianas (¡de ello soy testigo hasta en mi propia familia!). Por eso, este año Jubilar Sanjuanista, en el tercer centenario de su canonización y en el centenario de su proclamación como Doctor de la Iglesia4, es para todos un verdadero kairós, es decir, es un tiempo propicio y una fantástica oportunidad para que en toda la provincia suceda un verdadero Pentecostés.
Os damos las gracias a todos los que hacéis esto posible y dais testimonio. Gracias por tantos desvelos y sacrificios para realizar con grandeza cada acto. Como el labriego se esfuerza por su cose- cha, que la palabra de Cristo que esparcís entre familiares, vecinos y turistas, de fruto abundante.
3 Estoy parafraseando a Unamuno, quien tras su muerte, se encontró un Diario íntimo en el que apareció escrito: “Soy un terrible egoísta. Ya no volveré a gozar de alegría. Lo preveo. Me queda la tristeza por lote mientras viva”. Puede encon- trarse la cita en la obra de A.L.QUINTÁS, Descubrir la grandeza de la vida, Ed. DDB, Bilbao, p. 128.
4 Su canonización en 1726, durante el papado de Benedicto XIII. Y es Pio XI en 1926 cuando le declara Doctor de la Iglesia.
Silencio
La preparación de este pregón no solo ha sido una ocasión para descubrir la Semana Santa como retorno, también se ha manifes- tado, con una densidad especial, la realidad del silencio. Es con- movedor el video que organizasteis en el tiempo de pandemia, donde aparecían todos los pasos en sus lugares de culto. Las imá- genes se mostraban con bellos primeros planos acompañados por la voz del locutor y una música reverencial. Era casi paradójico, pues cada plano traslucía un profundo silencio, equiparable a la quietud de las calles de Segovia en aquellos fatídicos días. Con- templar cada imagen de la Semana Santa realmente impacta por su testimonio de silencio. ¿A qué nos referimos? Permitidme el ejemplo del paso de María Magdalena junto a Jesús en la Cruz, pues me parece realmente ilustrativo. Ambas figuras, con el rostro de tristeza y con la cabeza inclinada hacia el suelo, componen una escena de calvario especialmente singular, donde el sufrimiento parece acontecer en el misterio de un doble mutismo: el silencio de Dios y el silencio de la humanidad.
En las procesiones de los días santos, se exhiben imágenes de bella manufactura, incluso centenaria, acompañadas con la fe y la devoción de muchos. Pero los pasos de penitencia no muestran algo agradable, sino escenas de dolor y de pena. Son el tremen- do espectáculo de la fuerza del mal en nuestro mundo que pare- ce cebarse especialmente con los más inocentes. Sin las bandas procesionales, el silencio de los pasos sería atronador. Los cristia- nos los contemplamos con esperanza porque conocemos el final triunfante de la Pascua. Es cierto, que cada paso va narrando la historia de la Pasión del Señor, donde se trasparenta el inmenso amor de Dios, y su perdón y compasión por cada uno de nosotros. Ciertamente, sobre todo, se pretende anunciar un mensaje alentador, que parece decir: “fíjate cómo Dios mismo comparte tus sufrimientos”. Este anuncio es el eco de las palabras del malhe- chor crucificado junto a Jesús:
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo» (Lc 23, 39-41)
Por eso, mientras procesionamos, es como si fuéramos dicien- do: “¡Ved todos el amor de Cristo! ¡Fijaos cómo ha querido com- partir nuestra condena!”. Y lo hacemos con la esperanza de que, amigos y extraños, descubran que su dolor puede alcanzar un nuevo sentido si lo unen a la Pasión de Jesús. La paz interior del cristiano se basa en esta experiencia y, a su vez, es el origen de una profunda espiritualidad. Todo esto es cierto desde el ángulo de la fe, pero no explica el misterio del mutismo de Dios, que llenó de estupor al mismo gobernador romano: Y Pilato le dijo a Jesús: «¿A mí no me hablas?». (Jn 19, 10)
¿Por qué Dios se queda callado ante la injusticia y el dolor del inocente? Vayamos lejos o cerca, da igual. Sabemos que el mal y sus atrocidades son la noticia de cada informativo y el interés de todo tipo de análisis. El mal parece el verdadero conquistador del mundo, arrastrando tras de sí un espantoso vacío que intentamos rellenar buscando culpabilidades o razones científicas. Aun así, más de 600 millones de personas siguen muriendo actualmente por causa del hambre o de la severa subalimentación. La violen-
cia y los conflictos siguen dejando miles de viudas y huérfanos, padres sin hijos, mujeres violadas y desterrados sin hogar. Millones todavía no conocen el agua corriente y otros miles habitan en medio de montañas de basura o cubiertos de la más mísera inmundicia. Un niño de menos de 10 años mientras su madre preparaba la comida y su hermano estaba jugando con el móvil, se levantó de repente del sofá y a la carrera saltó del balcón de su casa y se lanzó al vacío desde un octavo piso en el centro de Madrid. Y quedaban dos semanas para hacer su Primera Comunión. Un anciano con una gorrita y una mochila a la espalda estaba sentado en un banco de un templo parroquial en Vallecas. Iban pasando las horas y el sacerdote se dio cuenta de que el anciano seguía sin moverse de allí. Cuando se acercó para preguntarle por su necesidad, se dio cuenta que el anciano no podía casi hablar, tenía una grave demencia y estaba paralizado por el miedo. Al lado de su asiento había una breve nota donde se podía leer: “cuiden por favor de mi padre porque yo no puedo hacerlo”. ¿Por qué Dios enmudece ante tantos genocidios, holocaustos, torturas, terrorismo, enfermedad, locura, soledad…?
El mal no deja de hablar mientras Dios parece guardar un silen- cio abismal. Para algunos este silencio termina siendo insoportable. Dios Padre incluso se mantiene callado frente al horror que sufre hasta su propio Hijo. Y Jesús mismo, que era Buena Noticia, también retira su palabra. Él, que era la Palabra hecha carne, se convierte ahora en la Palabra muda. El gran biblista y pensador
F.G. Volgaggio se enfrenta con humildad a esta misteriosa provocación divina y afirma desde su ciencia:
El silencio de Dios parece la suspensión de la obra creadora. Es el silencio que sufre Job, un silencio largo e interminable que pone en tela de juicio a Dios mismo, y hace saltar todas las convicciones del hombre sobre la bondad de Dios, sobre el valor del sufrimiento y sobre el mal. (…) La Biblia, recordémoslo, genera más preguntas que respuestas, pero siempre nos impulsa a la búsqueda de la verdad y de Dios en la historia y en la existencia personal de cada uno5.
¿Quién se atreve a hablar, cuando Dios enmudece? Este pregón no busca dar una respuesta a este vértigo de misterio. Pero es importante descubrir lo que puede acontecer entre nosotros cuando somos conscientes de ello.
En la música, las pausas son tan importantes como las notas. De hecho, el silencio las pone en valor y hace que anhelemos su aparición en la partitura. Sin las pausas, la música estaría condenada al caos y, por tanto, le dan orden y estructura. Nuestras queridas marchas procesionales constituyen un buen ejemplo.
Antes de que Dios creara el universo visible existía “la nada”, así lo señala el libro del Génesis con la imagen “la tierra estaba in- forme y vacía” (Gen 1, 1). Esa nada, antes de todo, era un no-ser abismal, un absoluto silencio. Dios puso fin a este vacío con su palabra creadora: “Y dijo Dios… y se hizo” (Gen 1, 3. 6. 9. etc.). ¿No será entonces el silencio de la Pasión, el preludio de una nueva Creación? Cristo al resucitar de la muerte pronunciaría de nuevo la palabra creadora que iba a rehacer la historia. “¿No veis cómo hago nuevas todas las cosas?” – Dice el Señor en el Apocalipsis (cf Ap 21, 5). Quizás, ante cada paso, debemos tomar conciencia de la nueva creación que el Padre quiere hacer entre nosotros y en todo el mundo, un verdadero renacimiento. En la Semana Santa no ocultamos el absurdo de la obscuridad maléfica, todo lo contrario, la mostramos abiertamente. Y no buscamos soluciones fáciles, ni explicaciones rápidas para tranquilizar nuestros miedos. Mientras unos se sienten dueños y confían en sus fuerzas para resolverlo todo, nosotros nos sentimos hijos y nos fiamos del plan de nuestro Padre. Sabemos del horror de su silencio pero avivamos el deseo de que su Palabra alumbre otra vez el alma del mundo. Dicha esperanza, sin embargo, no nos exime de invertir siempre nuestras mejores energías para ganar terreno a la codicia y la indolencia.
El músico y compositor estadounidense John Cage, fallecido el siglo pasado, introdujo en su repertorio una obra experimental llamada 4’ 33’’. Con esta composición sobre el silencio, rompió las reglas tradicionales de la música. Sentado ante su piano, activaba un cronómetro, cerraba la tapa del teclado y esperaba exactamente 4 minutos y 33 segundos sin tocar ni una sola nota. Apagaba entonces el cronómetro, se levantaba, y saludaba al público. Podía parecer una broma dentro de su concierto. Pero el gran músico quería enseñar a la audiencia, que cuando la música no se hace presente, continuamente se generan simplemente ruidos. Esta experiencia musical hacía entender al espectador que todos somos intérpretes de ciertos sonidos, que pueden convertirse en una auténtica obra musical. Por tanto, es necesario que los cristianos gracias al Espíritu, por su testimonio de fe, interpreten la mejor melodía que este mundo necesita.
Por una parte, ante los padecimientos de nuestros prójimos po- demos imitar a la Virgen, fijándonos de nuevo en sus veneradas imágenes de las Angustias, Piedad, Soledad o Dolorosa. Ella guardar silencio ante el sufrimiento y la muerte de su hijo. No era un silencio desesperado, sino un silencio de amor. Su stabat junto a Cristo en la Cruz y su Piedad, es un ejemplo extraordinario de ternura y compasión. Mirando a María, comprendemos lo importante que es saber llorar y saber hacer silencio frente al hermano que sufre. Puede ocurrir que alguien cercano haya perdido un ser querido o padece la incertidumbre de un diagnóstico nefasto. An- tes esas situaciones, dispongámonos como María, acogiendo con compasión, sin ofrecer respuestas facilonas ni expectativas frívolas. María sin pronunciar palabra se hizo evangelio vivo.
Por otra parte, la impasibilidad de muchos ante las injusticias, no pueden encontrar en nosotros un silencio cómplice. El papa Francisco continuamente denunciaba la lacra de la indiferencia y de la cultura del descarte, y nos advertía contra ese individualismo atroz incapaz de reconocer al otro como otro yo(6) . El Via Crucis que rezamos con tanta hondura, siempre pone voz a los que no tienen voz y agita nuestras conciencias para que no miremos a otro lado cuando el abuso del mal se presenta. Desde luego, no hay mejor escuela de Doctrina Social de la Iglesia que el Camino de la Cruz.
El tremendo silencio de Dios también debe ayudarnos a pu- rificar la fe. Cuando algunos se identifican como ateos y se les pregunta sobre el Dios en el que no creen, es fácil llegar a la con- clusión de que están en lo cierto. Porque la imagen que tienen de dios no es la de nuestro Dios, sino la de un dios menor en el que nosotros tampoco podemos confiar. La Semana Santa, a pesar de la terrible presencia del mal y del pecado, nos revela un Dios colosal e inefable, ante el que palidecen todas las filosofías. El Hijo de Dios llagado, crucificado y enmudecido, nos enseña a socavar esas falsas imágenes de Dios que hacemos a nuestra imagen y semejanza, que encierran y enjaulan el misterio divino y lo reducen a algo intrascendente aunque parezca auténticamente religioso7.
¿No es ésta la experiencia de san Juan de la Cruz en su poema la
Noche oscura del alma?
Unidad
Todos los presentes bien saben que el broche de oro de la Se- mana Santa segoviana, acontece en la Vigilia Pascual y en la ma- tutina procesión del encuentro entre la Virgen y Jesús Resucitado. En este emotivo acontecimiento entre la Madre y el Hijo, la vida triunfa, estalla la alegría del pueblo segoviano y todo se torna en júbilo festivo. La escena nos conmueve, nos hace vibrar en lo más íntimo e inspira nuestras mejores intenciones. Nos regocijamos porque Dios le ha quitado la última palabra a la muerte. Jesús Resucitado ha escrito una nueva página y ha recreado el universo. Jesús se ha revelado totalmente como Hijo de Dios eterno y su enseñanza es la Verdad. Ciertamente, la Vida -con mayúsculas- nos espera allí con Él, pero también se puede vivir aquí. El Señor y su Madre, en este episodio procesional, son quienes nos desvelan el evento más importante de la vida: el encuentro y la unidad.
Mi querido maestro y académico español D. Alfonso López Quintás, a quien dedico estos últimos párrafos, ha demostrado con todo rigor que “no hay encuentro sin fiesta y que cada fiesta celebra un encuentro”8. Una fiesta no acontece, de por sí, al poner música y ofrecer un gran banquete. Solo comienza cuando hay un verdadero encuentro entre las personas, es decir, cuando realizan un intercambio positivo y enriquecedor, estrechando vínculos de amistad o fraternidad. Muchos hoy temen la llegada de las fiestas navideñas porque terminan siendo todo lo contrario por los desa- gradables encontronazos familiares.
Por otro lado, haciendo memoria, podemos redescubrir que to- das nuestras fiestas biográficas, civiles y religiosas siempre van a celebrar distintos modos de unidad y de encuentro: ya sea la boda, la primera comunión, la fiesta del patrón, el nacimiento, la victoria del equipo, etc.
El filósofo romano Cicerón (s. I a.C.) en su obra Sobre la amis- tad, afirmaba con toda justicia: “¿Es posible la vida sin el dulce amor de los amigos?”. Yo lo suscribo plenamente. Pero me atre- vería a decir más: “¿cómo es posible vivir si no estamos unidos entre nosotros?” Ninguno estamos hechos para vivir “a solas” como decía el Génesis (cf. Gen 2, 18). Es más, la soledad es el aire del infierno9 y la división es su camino. El papa León XIV ha vuel- to a recordar que existencia de cada uno está ligada a la de los demás. Y que, ciertamente, la vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro10. ¡Podemos recordárselo a todos! La pleni- tud de la vida no está en los títulos obtenidos o en el incremento del patrimonio. Él verdadero éxito de la vida se mide por la cali- dad de los vínculos que hemos podido establecer. En los fune- rales, siempre se recuerda al “abuelo cariñoso”, al “mejor padre”, a la “madre amorosa” o al “amigo fiel”. En el balance final ya no tienen importancia los sueños cumplidos, sino los lazos de uni- dad que hemos sabido crear. Cuando Jesús nos pidió amarnos unos a otros, dando la vida, como él (cf. Jn 13, 34) nos enseñó la auténtica realización personal y el camino del Cielo. Y esta es la verdad de la experiencia: “Donde hay unidad todo el mundo dis-
fruta aunque se tenga poco. Sin embargo, donde hay división y ruptura todo el mundo sufre”.
Muchos dicen que viven, pero se conforman con sobrevivir. Son aquellos que ponen su objetivo en el afán de tener más, de disfrutar más y de codiciar más prestigio o poder. Sin embargo, están abocados a la ansiedad, a la esclavitud de sí mismos y a la constante frustración. Uno vive de verdad cuando goza del amor mutuo en todos los ámbitos donde está. No crecemos ni nos desarrollamos a solas. Todo lo contrario. Somos hijos de la Trinidad, a imagen de un Dios comunitario, no solitario. Nacemos y vivimos dentro de un gran conjunto de relaciones de todo tipo (persona- les, con objetos, paisajes, instituciones, etc.). Cada relación, pero sobre todo las personales, nos constituyen y nos configuran íntimamente. De hecho, donde realmente se pone en juego nuestra felicidad es en el campo de las relaciones. Porque cuando hacemos de cada relación una ocasión de encuentro y construimos una mayor unidad entre nosotros, experimentamos que el corazón se dilata, experimentamos una gran paz y se aviva la ilusión. Por el contrario, cuando la comunicación y el respeto se pierden, la estima se desvanece, y se cercena la posibilidad de cuidarnos y colaborar juntos, surge el desencuentro y la falta de amor. Un amigo me contaba hace poco la experiencia de haber pasado los peores momentos de toda su vida: por un lado el dolor por el diag- nóstico de un cáncer agresivo y por otro lado el proceso de separación de su mujer. Su conclusión era esto mismo: lo más terrible para él, más allá del cáncer, era tener que afrontar su divorcio. En verdad, la desgracia de la división hace que el aire sea irrespirable y buscamos huir rápidamente de allí. Cuando la fractura permanece en el tiempo, el sufrimiento desgarra de tal modo, que se llega a pensar si no es mejor enfermar o, incluso, desaparecer.
¡Pongamos nuestra vida al servicio del ideal de la unidad! Es el don del resucitado, el gran fruto del Espíritu Santo. Resucitar es vivir la vida del Cielo aquí en la tierra, vivir por la unidad, es dotar a la vida y a la sociedad de su pleno sentido. Es cumplir el sueño de Cristo para la humanidad, que amándonos unos a otros como él nos ha amado (cf. Jn 13, 34), lleguemos a ser uno como el Padre y él son uno (cf. Jn 17, 21). Vale la pena vivir así, como reza la bellísima oración de la sierva de Dios, Chiara Lubich:
«¡Oh, unidad, qué divina belleza!
¿Quién se atreverá a hablar de ella? ¡Es inefable! Se siente, se ve, se palpa, pero es inefable.
Todos gozan con su presencia, todos sufren con su ausencia.
Es paz, gozo, ardor, amor, clima de heroísmo, de suma generosidad.
¡Es Jesús Resucitado entre nosotros!»
Que la santísima Virgen de la Fuencisla derrame el amor de Cristo y el don de la unidad a todas las buenas gentes de Segovia. Así lo imploro de todo corazón. Muchas gracias.

